SEVILLA Y EL TEATRO EN EL SIGLO XVIII

SEVILLA Y EL TEATRO EN EL SIGLO XVIII (Libro en papel)

Editorial:
UNIVERSIDAD DE SEVILLA
Año de edición:
Materia
Historia
ISBN:
978-84-472-2012-0
Páginas:
434
Encuadernación:
Rústica
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Pocos sevillanos saben que asistir a las representaciones teatrales estuvo no solo prohibido en la capital de Andalucía, sino que la jerarquía eclesiástica de la primera mitad del siglo XVII, saliendo en defensa de la moralidad pública, con ayuda de piadosos ciudadanos, como Miguel de Mañara, consiguió su más absoluta condena, cerrando locales y persiguiendo a autores, actores y empresarios. De todo ello doy cumplido anecdotario en este libro, Sevilla y el teatro en el siglo XVIII, que mereció el premio Ciudad de Sevilla.

En el siglo XVII hubo en Sevilla tres "corrales" acondicionados para acoger tales espectáculos: el Coliseo (1607) y los de La Montería y Doña Elvira, en el barrio de Santa Cruz. A los que hay que agregar el segundo Coliseo, éste de titularidad municipal, que solamente tuvo tres años de vida (1620-1617). En el siglo XVIII, después de varios años sin espectáculos, Sevilla contaba con dos locales, en Santa María de Gracia y en San Eloy. El Asistente Olavide proyectó un teatro moderno en un solar del duque de Medina Sidonia, que no se llegó a inaugurar. Después de otro intento cerca de Triana, pudo por fin estrenarse un local confortable en la calle San Acacio, el Teatro Cómico, inaugurado en 1795 cuya vida se prolongó hasta 1833.

Más cercanos a nuestros días, con los inevitables cambios de avances técnicos y modas, fueron el Teatro Lope de Vega, inaugurado con motivo de la Exposición Hispanoamericana (1929), y los modernos cinematógrafos que han ido comiendo terreno al teatro, sin posibilidad de girar la vista atrás y volver al dominio del teatro, incapaz de competir ya con el celuloide. A pesar de la oposición eclesiástica, Sevilla ha podido contar con varios teatros a lo largo de su historia, la mayoría de ellos incómodos, de corta vida, en locales improvisados, como colegios, plazas públicas o viviendas particulares. Lo que indica que la presión social ha sido constante a favor de un espectáculo cultural, pese a tan dura oposición ideológica, que contaminó en ocasiones al propio poder municipal.

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